A qué solución debes recurrir en tiempo de tribulación

J. C. Ryle Meditaciones sobre los Evangelios Marcos

«Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella. Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía.» 

—  Marcos 1:29–31

El cristiano en tiempo de tribulación debe seguir el ejemplo de los amigos de la suegra de Simón. Leemos que, cuando dice que “estaba acostada con fiebre”, ellos “en seguida le hablaron de ella”.

No existe solución como esta. Hay que utilizar los medios con que contamos con diligencia, sin dudar, en cualquier momento de necesidad. Hay que enviar al enfermo al médico. Hay que consultar a los abogados cuando se trata de defender la propiedad o a una persona. Se debe buscar la ayuda de los amigos. Pero, sobre todo, lo primero que hay que hacer es clamar al Señor Jesucristo en busca de ayuda. Nadie puede liberarnos de forma tan eficaz como Él. Nadie tiene tanta compasión y tanto deseo de liberar. Cuando Jacob tuvo problemas se volvió, en primer lugar, a Dios: “Líbrame ahora de la mano de mi hermano” (Génesis 32:11). Cuando Ezequías estaba en dificultades, primero extendió las cartas de Senaquerib delante del Señor: “Sálvanos, te ruego, de su mano” (2 Reyes 19:19). Cuando Lázaro cayó enfermo, sus hermanas enviaron inmediatamente a buscar a Jesús: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:2). Por tanto, hagamos lo mismo. “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará”. “Echando toda vuestra ansiedad sobre él”. “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Salmo 55:22; 1 Pedro 5:7; Filipenses 4:6).

No solo recordemos esta regla, sino practiquémosla también. Vivimos en un mundo de pecado y tristeza. En la vida del hombre son muchos los días de tinieblas. No es necesaria la visión del profeta para anticipar que todos derramaremos muchas lágrimas y sufriremos mucho dolor en nuestro corazón antes de morir. Armémonos con una receta contra la desesperación antes de que nos lleguen los problemas. Sepamos qué hacer cuando la enfermedad, la aflicción, la cruz, la pérdida o la decepción irrumpan en nosotros como un hombre armado. Hagamos como hicieron en casa de Simón en Capernaum. Digámoslo inmediatamente a Jesús.


J. C. Ryle [Meditaciones sobre los Evangelios, Marcos]


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