El carácter de un comulgante

Santa Cena Eucaristía Meditaciones sobre los Evangelios Mateo J. C. Ryle

El pequeño grupo de personas a quienes se administró por primera vez el pan y el vino, de la mano de nuestro Señor, lo componían los Apóstoles que Él había escogido para que le acompañaran durante su ministerio terrenal. Eran hombres pobres e iletrados, que amaban a Cristo pero que eran muy débiles tanto en fe como en conocimiento; solo entendían una pequeña parte del significado de las palabras y actos de su Maestro; solo comprendían en parte lo frágiles que eran sus propios corazones. Creían estar preparados para morir junto a Jesús y, sin embargo, aquella misma noche todos lo abandonaron y huyeron. Nuestro Señor sabía todo esto perfectamente bien; el estado de sus corazones no le era oculto; ¡y, sin embargo, no les impidió que tomaran la Cena del Señor!

Hay algo muy instructivo en esta circunstancia. Nos enseña claramente que no debemos exigir un gran conocimiento, ni una gran piedad, como requisito indispensable de los comulgantes. Puede que un hombre no sepa mucho, y que sus fuerzas espirituales no sean mayores que las de un niño, pero no por ello se le habrá de excluir de la Cena del Señor. ¿Es verdaderamente consciente de su pecado? ¿Ama de veras a Cristo? ¿Desea de veras servirle? Si es así, debemos animarlo y aceptarlo entre nosotros. Está claro que tenemos que hacer todo lo posible por excluir a quienes no sean dignos de ser comulgantes, pues nadie que no haya recibido misericordia debiera asistir a la Cena del Señor, pero hemos de tener cuidado de no rechazar a alguien a quien Cristo no haya rechazado. No es sabio ser más estricto que nuestro Señor y sus discípulos.

[Hagamos] un serio examen de nuestras conciencias sobre nuestra propia conducta respecto a la Cena del Señor. ¿La rechazamos cuando se nos ofrece? Si lo hacemos, ¿cómo justificaremos nuestra actitud? No se puede aceptar que digamos que es un sacramento innecesario: decir tal cosa es “derramar menosprecio” sobre el mismísimo Cristo, y declarar nuestra desobediencia a Él. No se puede aceptar que digamos sentirnos indignos de participar en la Cena del Señor: decir tal cosa es afirmar que no estamos preparados para morir, ni para encontrarnos con Dios. Estas son consideraciones muy solemnes; todas las personas que no comulguen deberían meditarlas bien.

¿Somos de los que sí participan en la Cena del Señor? En ese caso, ¿con qué actitud lo hacemos? ¿Asistimos con recapacitación, con humildad y con fe? ¿Entendemos lo que estamos haciendo? ¿Somos de veras conscientes de nuestro pecado y de nuestra necesidad de Cristo? ¿Deseamos de veras vivir una vida cristiana, además de profesar la fe cristiana? ¡Dichosa aquella alma que puede dar una respuesta afirmativa a estas preguntas! Que siga adelante, y perseverará.


Extracto de Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo de J. C. Ryle


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