El inoportuno compañero de viaje

C. S. Lewis Las Crónicas de Narnia

— ¿Quién eres? — dijo con una voz que apenas se oyó más que un susurro. – Alguien que ha esperado mucho rato a que hablaras — respondió la cosa; su voz no era fuerte, pero sí sonora y profunda. – ¿Eres… eres un gigante? — inquirió Shasta. – Podríamos decir que soy un gigante — respondió la Gran Voz — . Pero no me parezco a las criaturas a las que llamas gigantes. – No te veo — declaró él, tras mirar con suma fijeza, y a continuación, pues una idea aún más terrible acababa de pasar por su cabeza, dijo, casi gritando — : No estarás… no estarás «muerto», ¿verdad? Por favor, por favor, márchate. ¿Qué daño te he echo yo? ¡Vaya, soy la persona con menos suerte de todo el mundo!

De nuevo sintió cálido aliento del misterioso acompañante en las manos y en el rostro.

– Ya te habrás dado cuenta de que éste no es el aliento de un fantasma — dijo — . Cuéntame tus penas.

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Shasta se sintió un poco tranquilizado por el aliento, de modo que le contó que no había conocido a sus padres y que el pescador lo había criado de un modo muy severo. Y luego le contó la historia de su huida y el modo en que los persiguieron los leones y se vieron obligados a nadar para salvar la vida; y todos los peligros corridos en Tashbaan y la noche que había pasado entre las Tumbas y cómo las bestias le aullaban desde el desierto. Le habló también del calor y la sed padecidos durante el viaje por el desierto y que casi habían alcanzado su objetivo cuando otro león los persiguió e hirió a Aravis. También mencionó lo mucho que hacía que no probaba bocado.

– Yo no diría que eres desafortunado — dijo la Gran Voz. – ¿No te parece mala suerte que me haya encontrado con tantos leones? — inquirió él. – Sólo había un león — declaró la Voz. – Pero ¡qué dices! ¿No has oído que había al menos dos la primera noche, y …? – Sólo había uno: pero era muy veloz. – ¿Cómo lo sabes? – Yo era el león.

Y cuando Shasta se quedó boquiabierto e incapaz de decir nada, la Voz siguió:

– Yo era el león que te obligó a unirte a Aravis. Yo era el gato que te consoló entre las casas de los muertos. Yo era el león que alejó a los chacales de ti mientras dormías. Yo era el león que dio a los caballos las renovadas fuerzas del miedo durante los dos últimos kilómetros para que pudieran llegar ante el rey Lune a tiempo. Y yo fui el león que no recuerdas y que empujó el bote en el que ya que llegarás a la orilla donde estaba sentado un hombre, desvelado a medianoche, para recibirte.

– Entonces ¿fuiste tú quien hirió a Aravis? – Fui yo. – Pero ¿por qué? – Niño — respondió la Voz — , te estoy contando tu historia, no la suya. A cada uno le cuento su propia historia, y ninguna otra. – ¿Quién eres? – Yo mismo — contestó la Voz, en un tono tan profundo y grave que la tierra tembló. Y repitió en tono fuerte, claro y alegre — : Yo mismo. — Y luego una tercera vez — : Yo mismo. — Lo musitó tan quedo que apenas se oía y, sin embargo, el sonido pareció surgir de su alrededor, como si las hojas susurraran con él.

Shasta ya no temía que la Voz perteneciera a un ser que fuera a comérselo, ni que se tratara de la voz de un fantasma; pero una clase de temblor nuevo y distinto el embargó. Aunque a la vez se sentía contento.


C. S. Lewis [Las Crónicas de Narnia: El Caballo y el Muchacho, p.203–206]


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