El mandamiento más importante

Meditaciones sobre los Evangelios Mateo J. C. Ryle

«Los fariseos se reunieron al oír que Jesús había hecho callar a los aduceos.35 Uno de ellos, experto en la ley, le tendió una trampa con esta pregunta:
— Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?
— “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” — le respondió Jesús — . Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.»

— Mateo 22:34–40

Al comienzo de este pasaje hallamos a nuestro Señor respondiendo a la pregunta de cierto intérprete de la Ley, que le había preguntado cuál era “el gran mandamiento de la ley”. Esa pregunta no se hizo con buena voluntad, pero tenemos razones para agradecer que se hiciera, pues obtuvo de nuestro Señor una respuesta repleta de valiosa instrucción. De este modo vemos cómo de un mal puede venir un bien.

Debemos destacar el admirable resumen que contienen estos versículos de nuestro deber para con Dios y nuestro prójimo. Jesús dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Luego añade: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Finalmente dice: “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”.

¡Qué simples son estas dos reglas y, sin embargo, qué exhaustivas! ¡Qué rápido se pueden decir esas palabras y, sin embargo, cuánto contienen! ¡Qué lección de humildad constituyen, y qué condena! ¡Cuánto nos demuestran la necesidad diaria que tenemos de misericordia y de la preciosa sangre expiatoria! Bueno sería para el mundo que estas reglas se conocieran mejor y se practicasen más.

El amor es el gran secreto de la verdadera obediencia a Dios. Cuando sintamos por Él lo que un niño siente por su padre, entonces nos agradará hacer su voluntad; sus mandamientos no nos parecerán gravosos, ni trabajaremos para Él sintiéndonos como esclavos atemorizados por el látigo; será nuestro placer procurar guardar sus leyes, y nos afligirá transgredirlas. Nadie hace tan bien su trabajo como aquellos que lo hacen por amor; el temor al castigo o el deseo de una recompensa son principios de mucho menos poder. Quienes mejor hacen la voluntad de Dios son aquellos que la hacen de corazón. ¿Queremos educar bien a nuestros hijos? Entonces, enseñémosles a amar a Dios.

El amor es el gran secreto de un comportamiento correcto con nuestros semejantes. Quien ama a su prójimo no deseará hacerle ningún daño voluntariamente, ya sea a su persona, su propiedad o su carácter. Pero no se detendrá ahí: deseará hacerle el bien en todo; se esforzará por fomentar su bienestar y su felicidad en todo; procurará aliviar sus penas y aumentar sus alegrías. Cuando un hombre nos ama, confiamos en él; sabemos que nunca nos hará ningún daño intencionadamente, y que en todo momento de necesidad seguirá siendo nuestro amigo. ¿Nos gustaría enseñarles a nuestros hijos a comportarse debidamente con los demás? Enseñémosles a amar a todo el mundo como a sí mismos y a hacer con los hombres todas las cosas que quieran que los hombres hagan con ellos.

¿Pero cómo se consigue ese amor a Dios? No es un sentimiento natural. “Nacemos en pecado”, y, como pecadores que somos, tenemos miedo de Él; ¿cómo, pues, podremos amarle? No podremos amarle de veras hasta que estemos en paz con Él, por medio de Cristo. Cuando sepamos que nuestros pecados han sido perdonados, y que hemos sido reconciliados con nuestro santo Creador, entonces, y solo entonces, le amaremos y tendremos el Espíritu de adopción. La fe en Cristo es la verdadera fuente de amor a Dios: quienes más aman son aquellos que se saben perdonados de más cosas. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

¿Y cómo se consigue ese amor a nuestro prójimo? Este tampoco es un sentimiento natural. Nacemos siendo egoístas, aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros (Tito 3:3). No podremos amar a nuestros semejantes como debemos hasta que nuestros corazones sean transformados por el Espíritu Santo: nos es necesario nacer de nuevo; debemos despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo, y tener “ese sentir que hubo también en Cristo Jesús”. Entonces, y solo entonces, nuestros fríos corazones tendrán un amor verdaderamente divino para con todos. “El fruto del Espíritu es amor” (Gálatas 5:22).

Dejemos que estas cosas penetren en nuestros corazones. En estos últimos días se habla mucho, aunque superficialmente, acerca del “amor” y la “caridad”; los hombres profesan admirar estas virtudes y desean ver un aumento de ellas, pero ocurre que odian los únicos principios que pueden producirlas. Permanezcamos firmes en “las sendas antiguas”. No podemos tener frutos y flores sin raíces; no podemos tener amor a Dios y a los hombres sin fe en Cristo y sin regeneración. El modo en que se debe extender el verdadero amor por el mundo es proclamando la expiación de Cristo y la obra del Espíritu Santo.


Extracto de Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo de J. C. Ryle


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