El perd贸n real conlleva sufrimiento

perd贸n Dios La Raz贸n de Dios Timothy Keller

Empecemos con un ejemplo meramente econ贸mico. Imagina que alguien toma prestado tu coche y que, seg煤n da marcha atr谩s, choca contra una verja derrib谩ndola junto con una parte de la valla. El seguro no cubre ese desperfecto. 驴Qu茅 vas a hacer? Dos son las posibles alternativas. La primera es pedirle a esa persona que pague los da帽os. La segunda es no permitir en modo alguno que asuma ese gasto. Cabe tambi茅n la alternativa de compartir ese gasto. T茅ngase en cuenta que en cada opci贸n el coste de los da帽os tiene necesariamente que ser asumido por alguien. O t煤 o esa otra persona tiene que asumir el coste de las reparaciones, porque la deuda no va a desaparecer porque s铆. El perd贸n, en este ejemplo, significa asumir el coste del accidente.

La mayor铆a de los da帽os en contra de nosotros no pueden en cambio ser valorados en t茅rminos puramente econ贸micos. Habr谩, sin duda, quien te haya despose铆do de tu felicidad y reputaci贸n, o de una oportunidad, e incluso de ciertos aspectos de tu libertad. Imposible, sin embargo, poner precio a tales actos, sintiendo por ello la frustraci贸n de lo injusto, que no desaparece aunque la otra persona diga 鈥淟o siento鈥. Cuando el agravio entra帽a consecuencias graves, persiste la sensaci贸n de que los trasgresores han de pagar por ello en una u otra forma. Agravio y deuda que s贸lo pueden solucionarse de dos posibles maneras.

La primera de ellas es hacer sufrir a los trasgresores las consecuencias de su falta. Se puede hacer retrayendo la relaci贸n, ocasionando de forma activa, o deseando pasivamente, que esas personas sufran un dolor o una p茅rdida equiparable a la tuya. Hay varias posibilidades de hacer esto. Se puede buscar la confrontaci贸n directa, zahiriendo verbalmente al trasgresor, y se puede recurrir al subterfugio arruinando la reputaci贸n de la persona. Si el trasgresor acaba finalmente sufriendo por sus actos, puede que experimentemos cierta satisfacci贸n, sintiendo que la persona est谩 por fin pagando por lo que ha hecho.

Esa opci贸n plantea, sin embargo, ciertos problemas. En el proceso, uno puede terminar endureci茅ndose, volvi茅ndose una persona fr铆a dada a la autocompasi贸n y, por ello, centrada en exceso en s铆 misma. Si el trasgresor es persona acaudalada e influyente, puede que, de forma instintiva, respondamos con antipat铆a y rechazo de esta clase de personas para el resto de nuestra vida. Si es, adem谩s, del sexo opuesto o de otra raza, puede suscitar prejuicios y actitudes c铆nicas en relaci贸n con determinados colectivos. A lo que a煤n habr铆a que a帽adir que el trasgresor y, asimismo, su familia y amigos, suele sentir que tiene derecho a responder de igual manera. Los ciclos de acci贸n y consiguiente vindicaci贸n pueden perpetuarse por a帽os. El da帽o lo has sufrido primeramente t煤, sin duda. Pero cuando nos empe帽amos en obtener venganza retributiva, el mal no desaparece. De hecho, se va extendiendo cada vez m谩s, afectando de forma tr谩gica y, en primer lugar, a uno mismo.

Hay una segunda opci贸n: la del perd贸n. Perdonar significa renunciar a hacer pagar al trasgresor por el da帽o infligido. Ahora bien, el refrenarse en casos as铆 conlleva una lucha ag贸nica. De hecho, es una forma de sufrimiento. Y no s贸lo se sufre por la p茅rdida del inicio, sea esta en lo relativo a propia reputaci贸n y a oportunidades que no llegaron a ser, sino que queda uno asimismo despose铆do del consuelo de obrar de igual forma. Si asume uno mismo la deuda y el coste, en vez de pasar factura al trasgresor, el dolor del origen puede volverse insufrible. Hay quien ha llegado incluso a decir que es como una especie de muerte.

Muy probable. Pero es una muerte que conlleva resurrecci贸n, evit谩ndose as铆 una vida de odio y frustraci贸n.

Si se renuncia a la venganza 鈥搕anto real como imaginada鈥 la ira acaba por desaparecer.

Sin nada que la fomente y permita seguir adelante, el rescoldo del inicio se ir谩 apagando hasta extinguirse de forma definitiva. C. S. Lewis escribi贸 en una de sus Cartas a Malcolm: 鈥渓a semana pasada, en el tiempo que dedico a orar, descubr铆 de repente 鈥揺sa es la sensaci贸n que tuve鈥 que hab铆a por fin perdonado a alguien que llevaba intentando perdonar por espacio de treinta a帽os. Intentando y, para ello, orando que pudiera por fin ser una realidad鈥. Recuerdo en este sentido una ocasi贸n en la que, en plena sesi贸n de consejer铆a con una chica de diecis茅is a帽os que odiaba a su padre, y a la vista de que no est谩bamos llegando a ninguna conclusi贸n, le dije: 鈥淭u padre te ha vencido. Y seguir谩 siendo as铆 mientras sigas odi谩ndole. Estar谩s irremediablemente atrapada en esa ira que sientes hasta que le perdones de coraz贸n y comiences a mostrarle afecto鈥. Esas palabras hicieron que algo se moviera en su interior, comenzando as铆 el costoso proceso del perd贸n, que siempre parece al principio m谩s duro de sobrellevar que la propia amargura, hasta culminar por fin en una genuina liberaci贸n. El perd贸n ha de concederse primero antes que podamos 鈥渟entirlo鈥, estos sentimientos de perd贸n aparecer谩n en su momento, conduci茅ndonos a una nueva paz, a una experiencia de resurrecci贸n. Esta es de hecho la 煤nica forma posible de detener la extensi贸n del mal.

Cuando insto a las personas a practicar el perd贸n tras haber sido v铆ctimas en una u otra manera, se me hace pr谩cticamente siempre la pregunta: 鈥溌縉o deber铆a esa persona responder de sus actos?鈥. A lo que yo respondo: 鈥淒esde luego, pero s贸lo si la perdonas鈥. Hay muchas y muy buenas razones por las que desear enfrentar a las personas a sus propios actos y sus consecuencias. Los trasgresores han obrado mal y, tal como era el caso en el ejemplo del coche prestado y la valla, conlleva un coste reparar el da帽o. Deber铆amos sin duda hacer que los trasgresores se den cuenta de c贸mo han actuado, inst谩ndoles a restaurar amistades rotas, y a refrenarse a s铆 mismos y evitar causar m谩s da帽o en el futuro. N贸tese, sin embargo, que todas estas razones aducidas para una confrontaci贸n proceden del amor. Y la mejor manera de amar a una persona que ha causado un da帽o es enfrentarle a la realidad de los hechos, con la esperanza de moverla a reflexi贸n y a un arrepentimiento reparador.

El deseo de venganza, en cambio, no est谩 motivado por una buena voluntad, sino por una mala voluntad. Puede decirse: 鈥淨uiero por lo menos que se responsabilicen de sus acciones鈥, siendo en cambio la verdadera motivaci贸n el ver sufrir a quien nos ha hecho sufrir a nosotros. Si nos enfrentamos a las personas no para beneficio suyo, ni tampoco a favor de la sociedad como tal, se tratar谩 de mera revancha, siendo las posibilidades de arrepentimiento por parte contraria pr谩cticamente nulas. Al buscarse desquite y no justicia, no se opera cambio sino dolor. Las demandas de restituci贸n ser谩n excesivas y la actitud desmesurada. La confrontaci贸n se plantea ah铆 para infligir dolor, inici谩ndose as铆 una escalada de agresi贸n.

Tan s贸lo buscando en primer t茅rmino perd贸n interior podr谩 ser la confrontaci贸n moderada, sabia y acompa帽ada de la gracia. Y 煤nicamente desechando el ansia de ver a la otra persona sufrir, habr谩 posibilidades de que se opere un cambio acompa帽ado de reconciliaci贸n y rehabilitaci贸n. Es pues ineludible someterse primero al costoso sufrimiento y muerte del perd贸n para que pueda tener lugar la resurrecci贸n.

[...] El perd贸n es lo que nos acerca a esa cruz de sufrimiento que el cristiano tiene obligaci贸n de asumir. 鈥 Dietrich Bonhoeffer

Jes煤s carg贸 con nuestra culpa, pagando el coste de la misma, y ahora nosotros tenemos la libertad necesaria para hacer lo mismo con nuestro pr贸jimo. Tratemos, pues, de aplicar el maravilloso ejemplo de perd贸n humano para tratar de entender el perd贸n divino.


Timothy Keller [La Raz贸n de Dios, p.265鈥271]


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