La gracia

Colosenses Samuel Pérez Millos

La gracia incluye el favor divino con toda su eficacia espiritual. Es la razón de amor que anula la separación entre Dios y el hombre (Ro. 5:8). La gracia es la causa eficiente de la salvación, nadie se ha salvado, se salva o se salvará que no sea por gracia mediante la fe (Ef. 2:8–9). Como don de Dios nadie puede encontrar otra forma de salvación que no sea por gracia. Cualquier operación del hombre, cualquier esfuerzo personal, cualquier camino que parezca derecho, su fin es muerte (Pr. 16:25). Pero, la gracia que salva es también la gracia que sustenta, como escribe Santiago, cuando tratando de las pruebas y dificultades de la vida dice que Dios “da mayo gracia” (Stg. 4:6). Quienes viven en el mundo pero no son del mundo tendrán aflicción. La vida de los santos y fieles no es conducida por la carne si no por el Espíritu. No solo es preciso la gracia en las dificultades, sino también en las caídas. La gracia de Dios se manifiesta en la paciencia divina ante el pecado de los suyos, no levantándose en juicio contra el que ha pecado, sino otorgándole misericordia (Lam. 3:22).

«mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» — Romanos 5:20

La dimensión de nuestro pecado nunca superará la grandeza de la gracia de Dios. Esta asistencia de la gracia permite que el creyente lleve a efecto la vida de santificación, operando en él tanto el querer como el poder para vivir de este modo (Fil. 2:13). Mediante la gracia, los creyentes son capaces de amar desinteresadamente a sus hermanos y, en general, a todo el mundo; son capaces de servir sin deseo de constituirse superiores a los demás; son capaces de aborrecer el pecado y vivir en santidad, dependiendo de Dios por la fe, y viviendo en unión vital con Cristo (Gál. 2:20; Fil. 1:21).

Las pruebas suelen producir preguntas que no tienen respuestas. La incidencia de las pruebas en el probado genera muchas veces aflicciones, tristeza y lágrimas. Pero la gracia viene en ayuda del corazón afligido haciéndole sentir que aún en medio de las circunstancias difíciles, sigue estando rodeado del amor de Dios, porque “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom. 8:39). En medio del torbellino de la angustia, la presencia de Dios es una realidad que se hace sentir por medio de la gracia. La promesa divina es firme y el compromiso seguro: “Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré.” (Sal. 91:15). Nunca estamos solos, ni en los momentos álgidos de la prueba. Cuando los enemigos rodean y las inquietudes aparecen, allí está la mesa de la comunión y la provisión de la gracia para el conflicto (Sal. 23:5). En las preguntas sin respuesta, también la gracia viene en asistencia para mantener al creyente firme en la fe. Dios mismo da la razón por la que no es posible explicarnos la razón de la prueba: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Is. 55:8–9). No hay respuestas a muchas de nuestras preguntas, porque nunca alcanzaremos la dimensión del pensamiento de Dios. Con todo, cualquier circunstancia no escapa de las manos del Dios de la gracia, porque en cualquier caso “Él da mayor gracia”.

…que la gracia les sea manifestada continuamente…


Samuel Pérez Millos [Comentario exegético al texto griego del Nuevo Testamento: Colosenses, p.72–73]


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