La higuera estéril

Meditaciones sobre los Evangelios Mateo J. C. Ryle

En Mateo 21:18-21 se nos cuenta cómo, teniendo hambre, nuestro Señor se acercó a una higuera que había junto al camino, pero

“no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera”

Este es un caso que prácticamente no tiene paralelo en todo el ministerio de nuestro Señor; es prácticamente la única ocasión en que le vemos haciendo que una de sus criaturas sufra para poder así enseñar una verdad espiritual. En aquella higuera seca había una lección de las que nos hacen examinarnos a nosotros mismos; esa higuera predica un sermón que haremos bien en escuchar.

Esa higuera, llena de hojas, pero sin fruto, era un vívido símbolo de lo que era la Iglesia judía en el tiempo en que nuestro Señor estuvo sobre la Tierra. La Iglesia judía lo tenía todo para hacer una representación de cara al exterior: tenía el Templo, los sacerdotes, el culto diario, las fiestas anuales, las Escrituras del Antiguo Testamento, los grupos de los levitas, el sacrificio de la mañana así como el de la tarde. Pero bajo estas hojas de excelente apariencia, la Iglesia judía estaba absolutamente desprovista de fruto. No tenía gracia, ni fe, ni amor, ni humildad, ni espiritualidad, ni una santidad auténtica ni deseos de recibir a su Mesías (Juan 1:11). Y por ello, al igual que la higuera, la Iglesia judía había de secarse muy pronto. Había de ser desnudada de todos sus ornamentos externos, y sus miembros habían de ser esparcidos por toda la faz de la Tierra; Jerusalén había de ser destruida; el Templo había de ser quemado; el sacrificio diario había de desaparecer; el árbol había de secarse hasta la mismísima raíz. Y así ocurrió. Ningún otro tipo se cumplió jamás de forma tan literal. En todo judío errante vemos una rama de la higuera que fue maldecida.

Pero no debemos detenernos aquí. Podemos hallar aún más instrucción en este suceso que estamos considerando. Estas cosas fueron escritas para nosotros, así como para los judíos.

¿No es cierto que toda aquella rama de la Iglesia visible de Cristo que no da fruto, corre el terrible peligro de convertirse en una higuera seca? Sin lugar a dudas, así es. Hacer una profesión de elevado carácter eclesiástico sin que en realidad haya santidad entre el pueblo, o tener una confianza desmesurada en los concilios, obispos, liturgias y ceremonias, mientras que el arrepentimiento y la fe han caído en el olvido, son cosas que han supuesto la ruina de muchas iglesias visibles en el pasado, y puede que aún lo sean de muchas más. ¿Dónde están las que en otro tiempo fueran las famosas iglesias de Éfeso, y Sardis, y Cartago, e Hipona? Todas ellas han desaparecido. Tenían hojas, pero no tenían ningún fruto. La maldición de nuestro Señor vino sobre ellas: se convirtieron en higueras secas. Se pronunció su sentencia: “Cortad [los árboles]” (Daniel 4:23). Recordemos esto. Guardémonos del orgullo en nuestras iglesias; no nos ensoberbezcamos, sino temamos (Romanos 11:20).

Por último, ¿no es cierto que todo aquel que profesa ser cristiano, pero no da fruto, corre el terrible peligro de convertirse en una higuera seca? No puede haber duda alguna de que así es. Mientras un hombre se contente simplemente con las hojas de la religión, “teniendo nombre de que vive aunque en realidad esté muerto” (cf. Apocalipsis 3:1) y teniendo una apariencia de santidad aunque carezca de poder, estará exponiendo su alma a un gran peligro. Mientras se conforme yendo a la iglesia o capilla, participando de la Cena del Señor y recibiendo el nombre de “cristiano”, pero sin que su corazón cambie y sin dejar sus pecados, estará provocando a Dios diariamente a cortarlo de raíz, y así dejarlo ya sin remedio. ¡El fruto, el fruto! ¡El fruto del Espíritu es la única prueba segura de que estamos unidos a Cristo para salvación, y de que estamos en el camino hacia el Cielo! ¡Ojalá penetre esto muy hondo en nuestros corazones, y no lo olvidemos nunca!


Extracto de Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo de J. C. Ryle


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