Pecado

Michel Quoist oración pecado

He caído Señor
una vez más.
No puedo seguir adelante y nunca tendré éxito.
Tengo vergüenza y no me atrevo a mirarte.
Sin embargo, he luchado Señor: porque sabía que estabas junto a mi,
inclinado sobre mi, mirando.
Pero la tentación sopló como un huracán,
y en lugar de verte a ti, di vuelta a mi cabeza y me hice a un lado,
mientras tu te quedaste en silencio y con tristeza,
como el novio rechazado que ve al ser amado que se va con su rival.

Cuando el viento dejó de soplar,
De repente, tal como surgió, me encontré solo,
avergonzado, indignado, con el pecado en mis manos.

Este pecado que elegí como un cliente selecciona su compra,
este pecado por el que pagué, pero no puedo regresar a la tienda
porque el que me lo vendió ya no está ahí.
Este pecado insípido y odioso,
este pecado que me enferma, porque una vez era algo que yo quería pero ya no.
Yo lo imaginé, busqué, jugué con él, lo acaricié por tanto tiempo,
mientras te pasaba de largo con indiferencia.
Mis brazos estaban estirados, mi corazón y mis ojos fueron atraídos irresistiblemente.

Este pecado que agarré y consumí con glotonería,
es mío ahora Señor,
pero me posee de la misma manera que una telaraña aprisiona a una mosca.
Es mío, fluye por mis venas y llena mi corazón.
Se ha deslizado en todo lugar
mientras la oscuridad se desliza en el bosque
como el anochecer y llena todas las rendijas de luz.

Señor, no puedo deshacerme de él.
Huyo de él como el amo de un perro no deseado y sarnoso,
pero me alcanza y se apoya con gozo en mis piernas.
Todos deben notarlo.
Estoy tan avergonzando que me siento
como si estuviera gateando para que nadie pueda verme.
Tengo vergüenza de que mis amigos me vean Señor.
Tengo vergüenza de que Tú me veas,
porque Tu me amas y yo te olvidé.
Te olvidé porque estaba pensando solo en mí mismo
y uno no puede pensar en muchas personas a la vez.
Uno debe decidir y yo decidí.

Y ahora Señor,
tu voz,
tu imagen
y tu amor me hieren,
me pesan más que mi pecado Señor.

Por favor, no me mires así.
Estoy desnudo y sucio,
estoy en el piso y destrozado.
No me quedan fuerzas
y no me atrevo a hacer más promesas,
solo puedo estar postrado delante de ti Señor.

Vamos hijo, levanta la cabeza,
¿No es básicamente tu orgullo el que está herido?
Si tú me amaras, lo lamentarías, sí, pero confiarías.
¿Crees que hay un límite para el amor de Dios?
¿Crees que, por un momento, Yo he dejado de amarte?
Pero sigues dependiendo de ti mismo,
debes depender de mí.

Pídeme perdón
y levántate rápidamente,
porque, ya ves, lo peor no es fallar
sino quedarse en el piso.


Pecado, Michel Quoist


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