Propósito y el motivo por los que se instituyó la Cena del Señor

Santa Cena Eucaristía Meditaciones sobre los Evangelios Mateo J. C. Ryle

El sacramento de la Cena del Señor ha sido considerado algo misterioso e incomprensible; el lenguaje impreciso y altisonante por el que muchos autores se han dejado llevar al tratar este asunto ha hecho un daño enorme al cristianismo; pero lo cierto es que en el relato de su institución no hay nada que justifique semejante lenguaje. Cuanto más sencilla sea nuestra opinión acerca de su propósito, más probable será que sea bíblica.

La Cena del Señor no es un sacrificio. No hay ninguna oblación en ella, ni ninguna ofrenda, aparte de la de nuestras oraciones, alabanza y acción de gracias. Desde el día en que Jesús murió, no hicieron falta más ofrendas por el pecado: con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10:14). Tanto los sacerdotes como los altares y los sacrificios dejaron de ser necesarios cuando el Cordero de Dios se entregó a sí mismo como ofrenda. La función de aquellas cosas llegó a su fin; su utilidad había finalizado.

La Cena del Señor no tiene poder para beneficiar de ningún modo a aquellos que asisten a ella, si no lo hacen con fe. El mero acto externo de comer el pan y beber el vino es absolutamente inútil a menos que se haga con un corazón que sabe lo que hace. Es un sacramento eminentemente dirigido a las almas vivas, no a las muertas; a las personas convertidas, no a las inconversas.

La Cena del Señor fue establecida para que se recordase continuamente el sacrificio de la muerte de Cristo, hasta que Él vuelva. Los beneficios que concede son de tipo espiritual, no físico; su efecto ha de buscarse en nuestro hombre interior. Su propósito era recordarnos, mediante los símbolos visibles y tangibles del pan y el vino, que la ofrenda del cuerpo y la sangre de Cristo por nosotros en la Cruz es la única expiación posible por el pecado, y la vida del alma de un creyente; su objetivo era facilitar que nuestra pobre y débil fe tuviera una comunión más íntima con nuestro Salvador crucificado, y ayudarnos a nutrirnos espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo. Es un sacramento para pecadores redimidos, no para ángeles no caídos. Al recibirlo estamos declarando públicamente nuestro sentimiento de culpa y nuestra necesidad de un Salvador; nuestra confianza en Jesús y nuestro amor por Él; nuestro deseo de vivir en Él y nuestra esperanza de vivir con Él. Participando de este sacramento con tal actitud, hallaremos que nuestro arrepentimiento se hará más profundo, nuestra fe crecerá y nuestra esperanza brillará con más fuerza; que nuestro amor aumentará, nuestros mayores pecados se debilitarán y nuestras virtudes se fortalecerán. Nos acercará más a Cristo.

Tengamos siempre presentes estas cosas; es necesario recordarlas en estos últimos días. En ninguna otra parte de nuestra fe tenemos tanta propensión a la tergiversación y la malinterpretación como en la que incumbe a nuestros sentidos. Todo aquello que podemos tocar con nuestras manos, y ver con nuestro ojos, tendemos a exaltarlo haciendo de ello un ídolo, o a esperar un beneficio de ello como si no fuera más que un amuleto; guardémonos de tal tendencia muy especialmente en lo que se refiere a la Cena del Señor. Ante todo, “tengamos cuidado — como dice la Homilía de la Iglesia de Inglaterra — de no convertir el recuerdo en un sacrificio”.


Extracto de Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo de J. C. Ryle


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