¿Qué merezco?

pecado

Muchos de nosotros nos hemos hecho tal pregunta alguna vez en la vida, quizá al pasar por momentos difíciles — traición, ofensas, mentiras, agresión, rechazo—en fin, diversidad de dificultades que son parte del caminar cristiano e incluso del secular. En esas ocasiones nos sentimos tan ofendidos o frustrados que tratamos de buscar maneras de sentirnos mejor y darnos frases de aliento como: “no merezco ser tratado así”, “soy bueno”, “no le he hice mal a nadie”, etc.

Existe una profunda idea de que las personas somos buenas por naturaleza y que la sociedad nos corrompe, culpamos siempre a factores externos.

Ahora bien, no malinterpretes el post por favor, no voy a escribir acerca de aceptar la denigración, la depresión o el conformismo. No. Pretendo que hagamos un autoexamen y repasar algunos pasajes bíblicos para comprender mejor esto.

Nos tenemos en tan alta consideración que logramos proclamar nuestra superioridad por encima del resto de personas tratando de adjudicarnos un valor que a simple vista es correcto. Sin embargo ¿es realmente así?

Si leemos Romanos 3:9–18, encontraremos expresiones como «nadie es justo, todos se han vuelto malos, nadie quiere hacer lo bueno, hacen tanto daño con sus palabras, no respetan a Dios».

La Biblia revela una pintura muy clara (y sucia) de nuestra situación, de nuestra real condición. De nuestra perversidad total. Puedes volver a leer el pasaje si deseas. Entonces, ¿realmente somos buenos? ¿sinceramente somos tan puros, santos, perfectos, bienintencionados? ¿de dónde hemos sacado la idea que somos “buena gente”?

En Romanos 6:23 hallamos la respuesta a lo que hoy queremos saber: ¿qué merecemos? Dios es muy claro en esto y la respuesta es contundente: muerte.

¿Has pecado alguna vez?

¿has dicho algo que no es verdad, has tenido enojo con alguien, has tomado algo que no te pertenece, has tenido pensamientos lujuriosos, no has pedido perdón, no has perdonado, has criticado, condenado? Podría mencionar más preguntas pero la lista sería extensa, lo cierto es que tanto tú y yo hemos fallado a un Dios Santo (Éxodo 15:11, Habacuc 1:13), que no acepta el pecado porque va en contra de Su naturaleza (Isaías 59:2), un Dios que también es Justo (Isaías 5:16, Salmos 11:7, Salmos 7:11–12) y por eso debe condenar el pecado. Sin embargo, Dios también es Amor (1 Juan 4:8–10), y es así como envió a Jesucristo a vivir la vida que tú y yo no podríamos vivir jamás (Romanos 3:23) y pagar la condenación que tú y yo merecemos (Romanos 6:23).

Jesús bebió hasta la última gota de la ira de Dios que debimos haber bebido nosotros.

Somos culpables, pero un inocente pagó la deuda en nuestro lugar para que todo el que crea en Él, en Su sacrificio, tenga vida eterna y ya no muerte. De esa manera ser presentados justos delante de Dios (Romanos 4:25) nuestro Creador. No porque hayamos hecho algo para merecerlo, únicamente por medio de Cristo somos perdonados, reconciliados, amados inmerecidamente. A esto se le llama Gracia, tener algo que no merezco, pero tenerlo al fin y al cabo, un regalo inmerecido.

¿Cómo respondemos a esta situación?

Aunque sabemos que no hay algo por hacer respecto a nuestra salvación de la muerte, el arrepentimiento (esta palabra puede sonarte extraña) debe ser una manifestación de la Gracia divina en nosotros, así es, arrepentirnos y creer en Cristo como único y suficiente salvador de la muerte.

Debemos aceptar nuestra debilidad, solamente así logramos hacer brillar a Cristo en nuestras vidas.

La carga de Dios es ligera, la nuestra no, ¿eso no debería alegrarnos? depositar nuestra vida entera en las manos de Él ¡ya que nosotros no sabemos tomar buenas decisiones!. Es necesario pedirle Su sabiduría constantemente.


Escrito por @samgarabateito


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