¿Quiénes somos nosotros en verdad?

identidad pecado

Esta es la realidad de la humanidad.

Un viejo profesor de predicación solía llevar a sus estudiantes al cementerio cada semestre. Parados en el perímetro desde donde se veían montones de lápidas mortuorias. Les pedía a sus estudiantes que con toda sinceridad les hablaran a las tumbas y llamaran a los muertos a resucitar y volver a la vida. Con vergüenza y alguna risita incómoda uno o dos lo intentaban. Por supuesto uno a uno fracasaba. Entonces, el profesor miraba a sus estudiantes y les recordaba una verdad fundamental del evangelio: la gente está espiritualmente muerta, así como esos cadáveres en el cementerio estaban físicamente muertos, y solo las palabras de Dios pueden llevarle vida espiritual.

“Bueno, siempre he amado a Dios”

Muchos dicen eso, pero la realidad es que nadie lo hace. Podemos haber amado a un Dios que creamos en nuestra mente, pero la verdad es que no conocemos a Dios, es más, lo aborrecemos.

Sí, lo aborrecemos, aborrecemos al Dios de la Biblia tanto que hasta tenemos la audacia de mirarlo al rostro y decirle: “NO, no creo en ti”, “NO, no quiero obedecer”… mientras tanto, toda la creación le responde en obediencia.

Esclavos del pecado

Esto es lo que realmente nos describe. Jesús mismo dijo “Todo el que peca es esclavo del pecado” (Juan 8:34), y como somos esclavos del pecado estamos ciegos a la verdad de Dios.

Son gente ignorante y terca, que no entiende nada, y por eso no disfruta de la vida que Dios da. — Efesios 4:18

Estamos espiritualmente muertos y eternamente separados de Dios. Lo peor es que no podemos hacer nada por cambiar nuestra condición delante de Dios (ningún hombre que es esclavo puede liberarse a sí mismo, ninguna mujer que está ciega puede recuperar por sí misma la vista, ninguna persona que está muerta puede volver por sí misma a la vida).

El evangelio nos enfrenta con la desesperanza de nuestra condición pecadora. Aun así, no nos gusta lo que vemos de nosotros mismos en el evangelio, así que nos retraemos.

Vivimos en una tierra de “autosuperación”.

«No somos malos — pensamos — y, por cierto, no estamos muertos espiritualmente. ¿No has oído hablar del poder del pensamiento positivo? Puedo convertirme en alguien mejor y experimentar lo mejor de mi vida ahora. Para eso está Dios, para hacer que esto se haga realidad.»

«Mi vida no está bien, pero Dios me ama y tiene un plan para arreglarla. Lo único que tengo que hacer es seguir ciertos pasos, pensar ciertas cosas y marcar determinadas casillas; entonces, soy bueno

Tanto el diagnóstico que hacemos de la situación como la conclusión que sacamos de cómo arreglarla se adapta a la perfección a una cultura que exalta la autosuficiencia, la autoestima, la confianza en uno mismo. Ya tenemos una visión bastante elevada de nuestra moralidad, así que cuando añadimos una oración supersticiosa, una dosis de asistencia a la iglesia y obediencia a una parte de la Biblia, nos sentimos seguros por completo de que, al final, estaremos bien.

Contraste

Sin embargo, fíjate en el contraste cuando diagnosticamos el problema desde el punto de vista bíblico. El evangelio moderno dice:

Dios te ama y tiene un maravilloso plan para tu vida. Por lo tanto, sigue estos pasos y serás salvo!

Mientras tanto, el evangelio bíblico dice:

Eres enemigo de Dios, estás muerto en tu pecado y en tu actual estado de rebelión, ni siquiera puedes ver que necesitas vida y mucho menos revivirte a ti mismo. Por lo tanto, dependes de manera radical de Dios para que haga algo en tu vida que nunca podrás hacer.

La primera vende libros y atrae multitudes. La última salva almas. ¿Cuál es más importante?

En el evangelio, Dios revela la profundidad de nuestra necesidad de Él. Nos muestra que no hay nada en lo absoluto que podamos hacer para llegar a Él. No podemos fabricar nuestra salvación. No la podemos programar. No la podemos producir. Ni siquiera la podemos iniciar. Dios tiene que abrir nuestros ojos, liberarnos, vencer nuestra maldad y apaciguar su ira. Él tiene que venir a nosotros.


Parafraseo de un fragmento del libro Radical — Volvamos a las Raíces de la Fe escrito por David Platt.


Fuente de la imagen de portada: AlphaAndi


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