«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia»

Pedro J. C. Ryle

La confesión de Pedro:

Cuando llegó a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

— ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

Le respondieron:

— Unos dicen que es Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o uno de los profetas.

— Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

— Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente — afirmó Simón Pedro.

— Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás — le dijo Jesús — , porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Luego les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

— Mateo 16:13–20

Algunas palabras de este pasaje han originado dolorosas diferencias y divisiones entre los cristianos. Los hombres han porfiado y discutido su significado hasta perder la paciencia y, sin embargo, no han logrado convencerse unos a otros. Tendrá que bastarnos el considerar brevemente las palabras que son el objeto de la controversia…

By the Name of Jesus

¿Qué es, pues, lo que debemos entender cuando leemos esas extraordinarias palabras de nuestro Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia”? ¿Quiere esto decir que el apóstol Pedro había de ser el cimiento sobre el que se construiría la Iglesia de Cristo? Tal interpretación parece, como poco, extremadamente improbable. Hablar de un hijo de Adán propenso al error y falible como si hubiera de ser el cimiento del templo espiritual no concuerda mucho con el lenguaje habitual de la Escritura. Ante todo, hay que destacar que no existe razón alguna por la que nuestro Señor no podría haber dicho: “Sobre ti edificaré mi iglesia” si fuera eso lo que pretendía decir, en vez de: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia”.

El auténtico significado de “la roca” mencionada en este pasaje parece ser la verdad del mesiazgo y la divinidad de nuestro Señor, que Pedro acababa de confesar. Es como si nuestro Señor hubiera dicho: “Es apropiado que te llames Pedro, que significa ‘piedra’, pues tú has confesado esa gran verdad sobre la que, como si fuera una roca, edificaré mi Iglesia”.

¿Y qué es lo que debemos entender cuando leemos la promesa que nuestro Señor le hace a Pedro: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos”? ¿Quiere esto decir que se le iba a conceder a Pedro el derecho de admisión de almas en el Cielo? Semejante idea es absurda. Esa tarea es la prerrogativa especial de Cristo (Apocalipsis 1:18). ¿Quieren decir esas palabras que Pedro había de tener alguna primacía o superioridad respecto a los demás apóstoles? No existe la más mínima prueba de que esas palabras tuvieran tal significado en la época del Nuevo Testamento, ni de que Pedro tuviera una posición o dignidad superiores a las del resto de los doce.

El auténtico significado de la promesa hecha a Pedro parece ser que él había de tener el privilegio especial de ser quien por primera vez abriera la puerta de la salvación tanto a los judíos como a los gentiles. Esto se cumplió con toda exactitud cuando predicó el día de Pentecostés a los judíos y cuando visitó al gentil Cornelio en su propia casa. En ambas ocasiones utilizó “las llaves” y abrió de par en par la puerta de la fe. Y parece que él mismo fue consciente de ello: “Dios — dice — escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen” (Hechos 15:7).

¿Qué es, por último, lo que debemos entender cuando leemos las palabras: “Todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”? ¿Quiere esto decir que el apóstol Pedro había de tener poder para perdonar los pecados y absolver a los pecadores? Semejante idea menoscaba el oficio especial de Cristo como nuestro gran Sumo Sacerdote. Nunca vemos a Pedro, ni a ningún otro de los apóstoles, ejercer este poder, ni una sola vez. Ellos mismos remiten siempre a los hombres a Cristo.

El auténtico significado de esta promesa parece ser que Pedro y sus compañeros, los Apóstoles, habían de recibir la comisión especial de enseñar con autoridad el camino de la salvación. Igual que los sacerdotes del Antiguo Testamento declaraban autoritativamente quién se había limpiado de la lepra, los Apóstoles fueron comisionados para “declarar y pronunciar” autoritativamente a quién se le habían perdonado sus pecados. Además de esto, recibirían una inspiración especial para disponer reglas y normas para orientar a la Iglesia en cuestiones disputables. Algunas cosas las tendrían que “atar”, o prohibir; otras las tendrían que “desatar”, o permitir. La decisión tomada en el Concilio de Jerusalén, de que los gentiles no tenían que ser circuncidados, fue un ejemplo del ejercicio de tal poder (Hechos 15:19). Pero esta comisión estaba limitada únicamente a los Apóstoles. Al terminar su ejercicio no tenían sucesores. Con ellos comenzó, y con ellos acabó.


Extracto de Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo de J. C. Ryle


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