Afirmó su rostro por Jerusalén

Y sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión, El, con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de El; y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. Pero no le recibieron, porque sabían que había determinado ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma? Pero El, volviéndose, los reprendió, y dijo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea. (Lucas 9:51-56)

En Lucas 9:51-56, aprendemos a cómo no entender el Domingo de Ramos.

Afirmó su rostro para ir Jerusalén significaba algo muy diferente para Jesús de lo que significaba para los discípulos. Podemos ver las visiones de grandeza que danzaban en sus cabezas en el versículo 46: "Y se suscitó una discusión entre ellos, sobre quién de ellos sería el mayor." Jerusalén y la gloria estaban a la vuelta de la esquina. Oh, lo que significaría cuando Jesús tomara el trono!

Pero Jesús tenía otra visión en su cabeza. Uno se pregunta cómo llevó todo esto solo y por tanto tiempo.

Esto es lo que Jerusalén significó para Jesús: "debo seguir mi camino, hoy, mañana y pasado mañana; porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén" (Lucas 13, 33). Jerusalén significaba una cosa para Jesús: una muerte segura. Tampoco tenía la ilusión de una muerte rápida y heroica. Él predijo en Lucas 18:31-33: "Mirad, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burla, afrentado y escupido; y después de azotarle, le matarán".

Cuando Jesús afirmó su rostro para ir a Jerusalén, afirmó su rostro para morir.

Había llegado el momento

Recuerden, cuando piensen en el propósito de Jesús de morir, que él tenía una naturaleza como la nuestra. Se encogió de dolor como nosotros. Pensando humanamente, él habría disfrutado del matrimonio y de los hijos y nietos y de una larga vida y estima en la comunidad. Tenía una madre y hermanos y hermanas. Tenía lugares especiales en las montañas. Darle la espalda a todo esto, y poner su cara hacia latigazos, golpes, escupitajos, burlas y crucifixión, no fue fácil. Fue difícil.

Necesitamos usar nuestra imaginación para ponernos de nuevo en su lugar y sentir lo que él sintió. No conozco otra manera de que empecemos a saber cuánto nos amaba. "Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos" (Juan 15:13).

Si miráramos la muerte de Jesús simplemente como resultado del engaño de un traidor y de la envidia del sanedrín y de la debilidad de Pilato y de los clavos y la lanza de los soldados, podría parecer muy involuntario. Y el beneficio de la salvación que viene a nosotros que creemos, puede ser visto como la manera de Dios de hacer una virtud de una necesidad. Pero una vez que lees Lucas 9:51, todos esos pensamientos desaparecen.

Jesús no se enredó accidentalmente en una red de injusticia. Los beneficios salvadores de su muerte para los pecadores no fueron algo secundario. Dios lo planeó todo por amor infinito a pecadores como nosotros, y estableció un tiempo.

Jesús, que era la encarnación misma del amor de su Padre por los pecadores, vio que había llegado el momento y afirmó su rostro para cumplir su misión: morir en Jerusalén por nosotros.

"Nadie me la quita", dijo Jesús, "sino que yo la doy de mi propia voluntad" (Juan 10:18).


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Las lecturas son tomadas del libro de John Piper: Love to the Uttermost: Devotional Readings for Holy Week.
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Imagen de portada por Fullofeyes