Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba

Juan J. C. Ryle

Se ha dicho de algunos pasajes de la Escritura que deberían estar impresos en letras de oro. Estos versículos constituyen uno de esos pasajes. Contienen una de esas invitaciones amplias, plenas y libres al hombre que hacen que el Evangelio de Cristo sea tan claramente las “buenas noticias de Dios”. Consideremos en qué consiste.

Y en el último día, el gran día de la fiesta, Jesús puesto en pie, exclamó en alta voz, diciendo: Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba.
— Juan 7:37

En primer lugar, en estos versículos tenemos un supuesto. El Señor Jesús dice: “Si alguno tiene sed”. No cabe duda que estas palabras tienen un significado espiritual. Significan preocupación del alma, convicción de pecado, deseo de recibir el perdón: anhelar una tranquilidad de conciencia. Cuando un hombre siente sus pecados y quiere ser perdonado, cuando siente profundamente la necesidad de su alma y desea fervientemente recibir ayuda y alivio, entonces se encuentra en el estado que nuestro Señor tenía en mente cuando dijo: “Si alguno tiene sed”. Dos ejemplos del significado de esta expresión son los judíos que oyeron a Pedro predicar en el día de Pentecostés, y “se compungieron de corazón”, y el carcelero de Filipos, que clamó a Pedro y Silas: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”. En ambos casos se trataba de “sed”.

Por desgracia, son pocos los que conocen esa sed. Todo el mundo debería sentirla y lo haría de ser sabio. Siendo criaturas pecadoras, mortales y moribundas como somos todos, con almas que un día serán juzgadas y pasarán el resto de la eternidad en el Cielo o el Infierno, no hay ningún hombre o mujer sobre la Tierra que no deba tener “sed” de la salvación. Y, sin embargo, la mayoría tiene sed de todo excepto de la salvación. Lo que desean es el dinero, el placer, el honor, una posición social elevada y entregarse a los excesos. No hay prueba más clara de la caída del hombre y de la corrupción absoluta de la naturaleza humana que la despreocupada indiferencia de la mayoría de las personas con respecto a sus almas. No sorprende que la Biblia califique al hombre natural de “ciego”, “dormido” y “muerto” cuando vemos a tan pocos que estén despiertos, vivos y sedientos de la salvación.

Bienaventurados aquellos que han experimentado algo de esta “sed” espiritual. Todo verdadero cristianismo comienza por el descubrimiento de que somos pecadores necesitados, culpables y vacíos. No alcanzaremos el camino de la salvación hasta saber que estamos perdidos. El primer paso hacia el Cielo es estar completamente convencidos de que merecemos el Infierno. Ese sentimiento de pecado que a veces alarma a un hombre y le hace pensar que es un caso perdido es una buena señal. De hecho, es un síntoma de vida espiritual: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

En segundo lugar, en estos versículos se nos ofrece un remedio. El Señor Jesús dice: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Declara que Él es la verdadera fuente de vida, el que satisface todas las carencias espirituales, el que alivia todas las necesidades espirituales. Invita a todos los que sienten la pesada carga del pecado a acudir a Él y se proclama su Ayudador.

Esas palabras — “venga a mí y beba” — son pocas y sencillas. Pero resuelven una cuestión que ni toda la sabiduría de los filósofos griegos y romanos pudo resolver jamás: muestran cómo puede un hombre estar en paz con Dios. Muestran que la paz en Cristo se obtiene confiando en Él como nuestro Mediador y Sustituto; en una palabra, creyendo. “Venir” a Cristo es creer en Él y “creer” en Él es venir. Quizá el remedio parezca muy sencillo, demasiado sencillo para ser cierto. Pero no hay ningún otro remedio aparte de este; y ni toda la sabiduría del mundo puede hallar algún defecto en él ni concebir uno mejor.

Seguir esta exhortación de Cristo es el gran secreto de todo cristianismo salvador. En todas las épocas, los santos de Dios han sido hombres y mujeres que bebieron por fe de esta fuente y recibieron alivio. Sintieron su culpa y su vacío y tuvieron sed de ser liberados. Supieron de una provisión plena de perdón, misericordia y gracia en Cristo crucificado por todos los pecadores penitentes. Creyeron las buenas noticias y actuaron en consecuencia. Echaron a un lado cualquier confianza en su propia bondad y dignidad y acudieron a Cristo por fe como pecadores. Haciéndolo así, hallaron alivio. Haciéndolo así a diario, vivieron. Haciéndolo así, murieron. Sentir realmente la gravedad del pecado y tener sed, así como acudir realmente a Cristo y creer, son los dos pasos que llevan al Cielo. Pero son dos grandes pasos. Hay miles demasiado orgullosos y despreocupados para darlos. Por desgracia, hay pocos que piensen; ¡y menos aún que crean!

¿Hemos experimentado nosotros lo que es “venir a Cristo”? Esta es la pregunta que debiera surgir en nuestros corazones al concluir este pasaje. El peor estado en que puede encontrarse nuestra alma es no sentir preocupación alguna por la eternidad; no tener “sed”. La mayor de las equivocaciones es intentar encontrar alivio por algún otro camino distinto del que tenemos delante: el camino de “venir a Cristo”. Una cosa es venir a la Iglesia de Cristo, a los ministros de Cristo o a los preceptos de Cristo. Otra muy distinta es venir a Cristo mismo.

¡Bienaventurado el que no solo conoce estas cosas, sino que también actúa en consecuencia!


Ryle, J. C.. Meditaciones sobre los Evangelios: Juan


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