Perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores

En la oración de El Padre Nuestro que Jesús enseña a sus discípulos vemos esta petición

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. — Mateo 6:12

Esta petición contiene un principio que el Nuevo Testamento se toma muy en serio. Dios nos juzgará según como juzquemos nosotros a los demás. Si el ser humano es salvo por gracia, ¿qué mejor evidencia de la salvación de un hombre podría haber que su muestra a los demás de la gracia que él mismo ha recibido? Si tal gracia no es evidente en nuestras vidas, sería válido cuestionar la autenticidad de nuestra presunta conversión.

En Mateo 18:23-35 Jesús relata la istoria de dos hombres que debían dinero. Uno al rededor de 10 millones de dólares y el otro debía unos 18 dólares. El hombre al que se le debía la enorme cantidad perdonó a su deudor. Éste, en cambio, no quiso perdonar al hombre que le debía la mísera suma de 18 dólares.

Lo más interesante es que ambos hombres pidieron lo mismo: más tiempo, no una total condonación de la deuda. Era irrisorio que el ombre con la deuda extremadamente elevada pidiera más tiempo, pues aún para los actuales estándares salariales la cantidad adeudada era un cifra astronómica. El pago diario de entonces era aproximadamente 18 centavos. El hombre con la deuda pequeña podría haberla pagado en tres meses. Su solicitud de más tiempo no era descabellada, pero su acreedor, en lugar de expresar el perdón que había recibido, comenzó a hostigarlo. El punto debería quedar claro. Nuestras ofensas mutuas y las ofensas que la gente comete contra nosotros son como una deuda de 18 dólares, mientras que las innumerables ofensas que hemos cometido contra Dios el Señor son como la deuda de 10 millones de dólares.

Jonathan Edwards, en su famoso sermón "La justicia de Dios y la condenación de los pecadores", dijo que cada pecado es más o menos atroz dependiendo del honor y la majestad de aquél a quien hemos ofendido. Puesto que Dios posee honor infitido, majestad infinita, y santidad infinita, el más leve pecado tiene consecuencias infinitas. Los pecados aparentemente triviales son nada menos que una "traición cósmica" vistos a la luz del gran Rey contra el que hemos pecado. Somos deudores que no pueden pagar, y no obstante hemos sido liberados de la amenaza de la prisión por deuda. Es un insulto a Dios que neguemos el perdón y la gracia a quienes nos lo piden, y al mismo tiempo afirmemos que nosotros mismos hemos sido perdonados y salvados por gracia.

Hay otro punto importante a considerar aquí. Incluso en nuestro acto de perdón no hay mérito. No podemos elogiarnos delante de Dios y reclamar perdón meramente porque le emos mostrado perdón a alquien más. Nuestro perdón de ninguna manera obliga a Dios con nosotros. Lucas 17:10 señala claramente que no ay mérito nisiquiera en la mejor de nuestras buenas obras:

Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: «Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho».

Nada merecemos por nuestra obediencia, porque la obediencia —aun al nivel de la perfección— es el requisito mínimo de un ciudadano del reino de Dios. Habiendo cumplido con ese deber, lo único que podríamos reclamar sería una ausencia de castigo, pero ninguna recompensa, porque solo habríamos hecho lo que se esperaba que hiciéramos. La obediencia nunca califica como un servicio “más allá del deber”. Sin embargo, no hemos obedecido; hemos pecado gravemente. Por lo tanto, estamos meramente en una situación de postrarnos ante Dios y suplicar su perdón. Pero si lo hacemos, debemos estar preparados para mostrar nosotros mismos ese perdón; de lo contrario, nuestra posición en Cristo pende de un hilo. Lo que Jesús está diciendo, en el fondo, es esto: “Las personas perdonadas perdonan a los demás”. No nos atrevamos a pretender ser poseedores de su vida y naturaleza y al mismo tiempo fallar en exhibir esa vida y naturaleza.

Para profundizar en esta idea, si Dios ha perdonado a alguien, ¿podemos nosotros hacer menos? Sería increíble pensar que nosotros, que somos tan culpables, rehusáramos perdonar a alguien que ha sido perdonado por Dios, quien está completamente libre de culpa. Debemos ser espejos de la gracia para los demás, reflejar aquello que nosotros mismos hemos recibido. De esta forma, se aplica la Regla de Oro en términos prácticos.

El perdón no es un asunto privado sino corporativo. El cuerpo de Cristo es un grupo de personas que viven a diario en el contexto del perdón. Lo que nos distingue es el hecho de que somos pecadores perdonados. Jesús llama la atención no solo a los elementos horizontales en la petición, sino también los verticales. Debemos orar diariamente por el perdón de nuestros pecados.

Algunos quizá se pregunten en este punto: “Si Dios ya nos ha perdonado, ¿por qué deberíamos pedir perdón? ¿No está mal pedir algo que él ya nos ha dado?”. La respuesta última a preguntas como ésta siempre es la misma. Lo hacemos porque Dios lo ordena. 1 Juan 1:9 indica que una señal del cristiano es su continua petición de perdón. El tiempo verbal en griego indica un proceso continuo. El deseo de perdón pone al cristiano en una situación aparte. El incrédulo racionaliza su pecaminosidad, pero el cristiano es sensible a su carencia de mérito. La confesión ocupa una porción significativa de su tiempo de oración.

En lo personal, me parece un poco aterrador pedirle a Dios que nos perdone en la medida en que nosotros perdonamos a otros. Es casi como pedirle justicia a Dios. Yo solía advertirles a mis alumnos: “No le pidan a Dios justicia. Podrían conseguirla”. Si, en efecto, Dios me perdonara en una proporción exacta a mi disposición a perdonar a los demás, yo estaría en graves problemas.

El mandato de perdonar a los demás como nosotros hemos sido perdonados se aplica también a la cuestión de perdonarse a sí mismo. Tenemos la promesa de Dios de que cuando le confesamos nuestros pecados, él nos perdona. Desafortunadamente, no siempre creemos esa promesa. La confesión requiere humildad en dos niveles. El primer nivel es la admisión de la culpa; el segundo nivel es la humilde aceptación del perdón.

Una vez me visitó una mujer desconcertada por un problema de culpa y me dijo: “Le he pedido a Dios que me perdone por este pecado una y otra vez, pero sigo sintiéndome culpable. ¿Qué puedo hacer?”. La situación no implicaba la repetición constante del mismo pecado, sino la constante confesión de un pecado cometido una vez.

“Debes orar una vez más y pedirle a Dios que te perdone”, le respondí. En sus ojos apareció una mirada de impaciente frustración. “¡Pero ya lo he hecho!”, exclamó. “Le he pedido a Dios una y otra vez que me perdone. ¿Qué gano con pedírselo de nuevo?”.

En mi respuesta, apliqué con firmeza la proverbial fuerza de la vara a la cabeza de la mula: “No estoy sugiriendo que le pidas perdón a Dios por aquel pecado. Te estoy pidiendo que busques perdón por tu arrogancia”.

La mujer no podía creer lo que oía. “¿Arrogancia? ¿Qué arrogancia?”. Ella asumía que su reiterada súplica de perdón era una prueba positiva de su humildad. Ella estaba tan contrita por su pecado que sentía que debía arrepentirse de él eternamente. Pensaba que su pecado era demasiado grande para ser perdonado con una dosis de arrepentimiento. Que los demás se las arreglen con la gracia; ella iba a sufrir por su pecado sin importar cuánta gracia Dios pudiera ofrecer. El orgullo le había puesto una barrera a la aceptación del perdón en esta mujer. Cuando Dios nos promete que nos perdonará, insultamos su integridad cuando rehusamos aceptarlo. Perdonarnos a nosotros mismos después de que Dios nos ha perdonado es un deber tanto como un privilegio.


¿Puede la oración cambiar las cosas? por R. C. Sproul