Un volcán de Semana Santa

Los hombres que tenían a Jesús bajo custodia, se burlaban de El y le golpeaban; y vendándole los ojos, le preguntaban, diciendo: Adivina, ¿quién es el que te ha golpeado? También decían muchas otras cosas contra El, blasfemando. (Lucas 22:63–65)

Al leer estas terribles palabras, me encontré diciéndole a Jesús: "Lo siento. Lo siento, Jesús. ¡Perdóname!" Me sentí actor aquí, no sólo espectador. Yo formaba parte de esa pandilla tan fea que sabía que era tan culpable como ellos. Sentí que si la ira de Dios se derramaba sobre esos soldados y me arrastraba a mí también, se habría hecho justicia. Yo no estaba allí, pero su pecado era mi pecado. No habría sido injusto para mí caer bajo su sentencia.

¿Te ha molestado alguna vez que a veces en el Antiguo Testamento cuando un hombre peca, muchos son arrastrados en el castigo que Dios trae? Por ejemplo, cuando David pecó al hacer un censo del pueblo (2 Samuel 24:10), "y desde Dan hasta Beerseba murieron setenta mil hombres del pueblo." (2 Samuel 24:15). En otro ejemplo, Acán guardó parte del botín de Jericó y toda su familia fue apedreada (Josué 7:25). Tal vez mi experiencia en la lectura de Lucas 22 es una pista de la justicia divina en esto.

Mi rebelión volcánica

Se me ocurrió una analogía. Los corazones de la humanidad son como un manto fundido bajo la superficie de toda la tierra. La lava fundida bajo la tierra es la maldad universal del corazón humano, la rebelión contra Dios y el egoísmo hacia la gente. Aquí y allá estalla un volcán de rebelión que Dios considera oportuno juzgar inmediatamente. Él puede hacerlo haciendo que la lava abrasadora y destructiva fluya no sólo por la montaña que hizo erupción, sino también a través de los valles que no hicieron erupción, pero que tienen la misma lava fundida del pecado bajo la superficie.

La razón por la que confieso el pecado de golpear a Jesús, aunque yo no estaba allí, es que la misma lava de rebelión está en mi propio corazón. He visto suficiente para saber. Así que aunque no estalle en una atrocidad volcánica como la crucifixión, aún merece ser juzgado. Si Dios hubiera escogido hacer llover la lava de su maldad sobre sus propias cabezas y parte de ella me consumiera incluso a mí, no sería capaz de culpar a la justicia de Dios.

Podemos preguntarnos ¿por qué Dios elige recompensar algunos males inmediatamente y no otros?. Y podemos preguntarnos ¿cómo decide a quién eliminar en el juicio?. ¿Por qué setenta mil? ¿Por qué no cincuenta mil, o cien, o diez? ¿Por qué la esposa de Acán y no el vecino codicioso dos tiendas de campaña abajo? Dudo que ahora dispongamos de respuestas. Nos queda confiar en que estas decisiones provienen de una Sabiduría tan grande que puede discernir todos los efectos posibles en todos los tiempos, lugares y personas posibles. Cuán ampliamente la lava de la rebelión y el juicio de una persona fluirá está en las manos de Dios solamente.

Y creo de Romanos 8:28 que, aunque la lava de la recompensa me alcanza a cierta distancia del volcán, hay misericordia en ella. No merezco escapar, porque conozco mi propio corazón. Pero yo confío en Cristo, y por eso sé que el juicio se convertirá en gozo. Aunque Él me mate, confiaré en Él. Porque preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos.


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Las lecturas son tomadas del libro de John Piper: Love to the Uttermost: Devotional Readings for Holy Week.
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